Aprender nos nutre toda la vida
En el sector educativo se repite mucho que debemos poner en
el centro al estudiante, identificar qué le gusta y potenciarlo. Sin embargo,
al leer el libro de Melina Furman, Enseñar distinto, encontré que plantea
varias ideas que nos invitan a pensar cuánto de lo que sucede hoy en las aulas
contribuye a construir la sociedad que soñamos y cuánto la limita. En ese
sentido, sostiene que el rol de la educación no es solo seguir los intereses de
los y las estudiantes, sino guiarlos para que amplíen los bordes que traen de
sus casas y conozcan otros nuevos, fascinantes, desconocidos e impensados.
Esto tiene mucho sentido si además pensamos en la forma en
que históricamente hemos aprendido a aprender. ¿Se acuerdan cuál era el sentido
de “aprender” algo en el colegio? Por lo general, para nosotros eran contenidos
inertes para responder pruebas o exámenes; si hoy nos preguntan, lo más seguro
es que tengamos nociones pero no logremos recordar con claridad ni explicar en
detalle, por ejemplo, el funcionamiento del sistema digestivo o la Revolución
Francesa y su repercusión en la sociedad actual.
Furman analiza que esto sucede porque se aprende para otros
(para la nota, para los docentes, para los padres) en lugar de hacerlo para uno
mismo. No nace del interés propio; por eso uno de los grandes retos de las y
los docentes es cómo motivar esos aprendizajes “obligatorios” que trae el
currículo. ¿Cómo hacerlo con emoción y lograr que todos y todas aprendan,
considerando la diversidad inherente a cualquier grupo de estudiantes? ¿Cómo
generamos motivación y sentido sobre aquello que queremos enseñar?
Siempre he sido muy curiosa y la lectura es una de mis
pasiones. En el colegio muchos contenidos los memoricé para las pruebas —los
aprendía de forma casi fotográfica— y luego los olvidaba para dar espacio a
nuevos conocimientos. Sin embargo, aquello que me interesó tuvo un lugar
aparte: indagué, pregunté, hablé e investigué hasta donde pude. Soy una
convencida de la necesidad del aprendizaje a lo largo de la vida. No se termina
de aprender el día que uno sale de una institución educativa; debemos fomentar en
los jóvenes el amor por el conocimiento en diferentes fuentes, formatos y a
cualquier edad.
Estudiar no sirve solo para pasar un examen: ayuda en la
vida, por ejemplo, a prepararse para una presentación, para cuando se va a ser
madre y se quiere saber más sobre cómo serlo, o para aprender a cocinar,
tejer o hacer una huerta. En suma, aprender a aprender nos ayuda a resolver
problemas, a comprometernos con nuestro entorno, a cuidarnos y a cuidar a
otros.
En la escuela también debemos aprender a vivir en comunidad
—o al menos intentarlo— dentro de reglas, valores y comportamientos del
contexto en el que nos desarrollamos. “Son esos aprendizajes los que suelen
dejar huellas profundas para la vida, a menudo más que lo que se enseña de
manera deliberada”, dice Furman.
¿Será que si unimos lo que nos gusta con el desarrollo de las
habilidades necesarias para entender y actuar sobre la realidad, y le sumamos
el disfrute (que lo hace nuestro), tendríamos una fórmula para seguir
aprendiendo siempre, en todos los ámbitos de la vida?
Volverse experto o especialista en algo abre un portal
multidimensional que nos da seguridad y nos permite sentir orgullo. No es fácil
encontrar aquello por lo que apasionarse, y ahí radica un gran reto —del
sistema educativo y, creo, también del laboral—: ¿cómo llegar a esas preguntas
que despiertan la curiosidad y las ganas de ir más allá de respuestas
evidentes?
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