Buscando una voz narrativa: entre la pasión por escribir y por la lectura

 


Tal como dice Javier Peña en su libro Tinta invisible, entendí que estoy hecha de historias: las vivo, las leo, las escribo, las canto y hasta las dibujo. Eso somos, y eso nos diferencia de otros seres vivos, estamos llenos de relatos, recuerdos y voces. Hay quienes somos más curiosos y queremos ahondar más en esas narrativas; hacemos preguntas y, si nos quedan dudas, investigamos y a veces llegamos a conclusiones correctas o no.

Ser una "come libros" o gran lectora, como les suene mejor, me permite meterme en la cabeza de muchas personas, abrir ventanas de mundos infinitos, sea de literatura, ensayo o hasta informes académicos no tan fáciles de digerir. Todo me da insumos para una próxima conversación, para un próximo artículo o para un próximo cuento.

Leer mucho también genera que quieras contar mucho.

Estoy convencida —y eso se lo he escuchado a muchos escritores—, que ser escritor implica ser un buen lector. Y al decir un buen lector, para mí no es leer solo lo más complejo, de culto o solo libros de autores premiados; es leer lo que necesitas leer en ese momento. Existen millones y millones de libros en el mundo y el que necesitas seguro llega a tus manos de alguna manera, o por lo menos eso me pasa con frecuencia.

Suelo leer dos o tres libros a la vez porque no todos los días quiero leer de lo mismo, o del mismo autor. O también porque hay libros que necesitan ser leídos lento y pueden esperar una semana para ser reabiertos, y otros que necesito llevar en mi maleta para ser abiertos en cualquier momento libre.

Desde muy pequeña siempre he amado la lectura y también amo escribir, aunque eso que escribo se ha ido quedando más bien guardado en mi computadora. Quisiera que otros disfruten leyendo los libros que escribo tanto como disfruto yo escribiéndolos. 

Javier Peña también dice algo con lo que concuerdo: “El escritor vive en un limbo ubicado a medio camino entre el mundo real y el de su imaginación.”

Siempre he luchado porque mi imaginación no se apague, que esa luz que nos permite entrar en otros mundos de fantasía esté siempre prendida. A través de la curiosidad, del imaginar de dónde viene y hacia dónde va la gente en el metro, o por qué una madre prefiere ignorar su celular y se lanza a jugar en el parque con su pequeño. Qué nos motiva, qué nos hace salir de casa todos los días, dónde viven nuestros sueños o cómo, como el cuento de Maurice Sendak, “Donde viven los monstruos.”

Esos monstruos que antes estaban debajo de nuestra cama o en las sombras de la noche, pero que hoy están en la rutina y la falta de imaginación. Vivimos con miedo al futuro, al tráfico, a la delincuencia, a los despidos, a engordar, a enfermar, a que no nos sigan en redes, pero ¿dónde quedan los sueños y el ir por ellos? ¿Dónde quedan las historias que nos contábamos de chicos cuando el mundo era nuestro? Esos son los relatos que mi yo escritora trabaja en silencio, sea como crónicas, novelas y/o cuentos.

Sé que mi pulsación por escribir no muere con los años y encuentro maneras de que cada tanto salga. Esperar las señales y las buenas oportunidades puede ser buen insumo para una obra, pero tal vez ya no para esta historia, mi historia. No desvío la mirada y continúo escribiendo: en mi libreta, en el celular o en el computador; tengo notas, ideas e imágenes por todas partes. Quisiera un hada mágica que me ayude a ordenar todo o un Pepe Grillo que me aconseje qué pasos seguir.

Mientras sigo iniciando conversaciones, compartiendo material, escribiendo (tengo en borrador termindas tres novelas LIJ, una de literatura contemporanea y otra más personal en proceso) y leyendo montones, dejo la puerta abierta a algún editor o editora con quien co-construir y transformar mis borradores en obras coherentes y pulidas. Quiero aprender a escuchar la retroalimentación, terminar de afinar mi voz narrativa, crear disciplina de trabajo y comprender las claves del mercado editorial. ¿Algún consejo o recomendación? ¿A alguien le pasa algo similar?

 

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