Promesas: ¿gesto de valentía o riesgo para la credibilidad?
Leí una frase que se le atribuye al director de cine de animación Hayao Miyazaki (autor de clásicos como El viaje de Chihiro o Mi vecino Totoro) que dice “La verdadera valentía no consiste en blandir una espada, sino en hacer una promesa y no romperla”. Sabiendo que Miyazaki ha sido muy crítico del mundo en general, me quedó resonando mucho la frase y me preguntaba por qué son tan frágiles las promesas que hacemos y que nos hacemos. Es muy sencillo comprometerse a hacer algo por querer quedar bien en el momento, pero también muy fácil tomar la decisión de no hacerlo y dar cualquier explicación.
En el momento que hacemos una promesa nos ponemos en el
futuro y calculamos que lograremos comprometer tiempo y energía cumpliéndola.
Sin embargo, ese impulso muchas veces va perdiendo fuerza con los días, incluso
con las horas. La coherencia entre nuestros valores y lo que hacemos es lo que
nos debería llevar a mantener las promesas hasta el final —tanto en lo
profesional como en lo personal—, aunque esto, tal vez, nos genere más trabajo,
más tensión y cansancio.
Averiguando un poco sobre las promesas incumplidas me salió
un concepto que desconocía en la teoría pero que me hace mucho sentido en la
práctica: la resistencia a la disonancia. Entendiendo que disonancia es ese
malestar que sentimos cuando tenemos dos creencias, valores o comportamientos a
la vez que están en conflicto entre sí (ej. crees que cuidar la salud es
importante pero fumas). Y la resistencia a esa disonancia es cuando dejamos de
dar excusas y nos comprometemos finalmente por una de las dos, aguantamos la
incomodidad y buscamos arreglarlo. Cuando no aparece la resistencia a esa
disonancia muchas promesas se incumplen, porque nuestra mente está en constante
conflicto y siempre trataremos de evitar los conflictos, así sean internos. Por
eso es que tampoco nos cumplimos las promesas a nosotros mismos, que deberían
ser las primeras en cumplirse o las más sencillas porque somos los más
interesados.
Tal vez por eso es que Miyazaki hace el símil con blandir
una espada, porque este tipo de batallas internas pueden llegar a ser muy
complejas de resolver dependiendo de las creencias, los valores y, sobre todo,
del compromiso que sentimos sobre aquello que queremos lograr. Crear
expectativas y no cumplir genera desconfianza, erosiona la credibilidad y las
relaciones se vuelven frágiles.
Por el contrario, cumplir las promesas nos hace sentir bien y da la sensación de autocontrol y capacidad de planificación que seguramente se ve reflejada en la buena reputación que ganamos, los puntos que vamos sumando con quienes hacemos las promesas que estamos dispuestos a cumplir y fidelizamos nuestra palabra dada pese a los obstáculos. Y no olvidemos cumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos para lograr una satisfacción aún mayor, incluso cuando nadie más lo sepa.
Por último, para responder la pregunta que hice en
el título de este artículo, sí, es posible mantener las promesas que hacemos,
siempre y cuando estén alineadas a nuestros valores y estemos decididos a
realizarlas. Si tenemos dudas, mejor no generemos expectativas; un “no” a
tiempo siempre se agradece.
En resumen:
- La coherencia es super importante: cumplir promesas refleja alineación entre valores y acciones, fortaleciendo la credibilidad.
- Resistencia
a la disonancia: aceptar la incomodidad y elegir una conducta coherente
evita excusas y reduce el incumplimiento de las promesas.
- Ojo
con la gestión de expectativas: es mejor decir “no” a tiempo que generar
promesas que no se pueden sostener; así se preservan la confianza y las
relaciones.
Y a ustedes, ¿cómo les va con las promesas? ¡Bienvenidos a
comentar, sumar algo que crean que falta y compartir! Les prometo leerles,
comentar y darles un me gusta 😊.

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