Ni soy de aquí, ni soy de allá
Foto tomada por Fredy Ortega en Río de Janeiro - Museu do Amanhã
"Decidir migrar no es simplemente planear un viaje, implica transformaciones, renuncias y reconstrucción interna"
Cada vez oímos más historias de migración. Lamentablemente las que muestran en los noticieros son casi siempre malas experiencias, muchas veces con desenlaces desastrosos. Hace ya un poco más de cinco años que migré de Colombia. No fue la primera vez, de pequeña lo había hecho con mis padres cuando nos fuimos a vivir a Ecuador e internamente varias entre Cali y Bogotá. Después al terminar la universidad opté por un posgrado en Chile y acá me casé y me radiqué hasta que con mi esposo chileno decidimos tener hijos y nos fuimos a Colombia. Ya ellos entrando en la adolescencia nos la volvimos a jugar por Chile y acá estamos después de atravesar un estallido social y una pandemia entera.
El ir y venir, la verdad a mi me gusta, debe ser por eso que cambiar de casa hasta antes de la pandemia también me gustaba, después de la pandemia no se si habrá sido por el encierro me gusta eso de llegar siempre al mismo lugar o en definitiva de no salir de ahí. Ahora vivimos en una zona más rural y alejada del ruido y locura urbana.
Pero claramente el decidir migrar no es simplemente planear un viaje, implica transformaciones, renuncias y reconstrucción interna. Adquirir nuevas rutinas y pelear constantemente con lo que uno cree que debe ser el mundo, o más bien por cómo era su mundo en el otro lugar, y las costumbres y creencias del lugar al que llegas como ese ente ajeno, de acento y costumbres distintas. En mi caso en teoría es el mismo idioma, sin embargo, es conocido que el castellano chileno no es el más fácil de entender. Han sido años viviendo acá y conviviendo con un esposo chileno y aún hoy hay palabras nuevas y dichos que me sorprenden (esto podría ser una temática para otro artículo, solo un ejemplo ser “sanguchito de palta (aguacate)” es ser una persona que con un poquito de presión se le sale toda la información que estaba guardando, es genial).
Después de tantos años de “vivir lejos” llega la sensación de no pertenecer ni al país de origen ni al de acogida y creas una identidad propia mezclada. Las comidas se vuelven híbridas y se reemplazan ingredientes por otros que son más fáciles de conseguir y los límites de la sazón se pierden para que aparezca la constante fusión gastronómica. Esto no queda exento del conflicto entre lo que es adaptación y guardar fidelidad a las raíces. La verdad no es que yo cocine muchos platos típicos colombianos pero me gusta cuando la esposa de mi primo hace ajiaco (colombiano, no chileno) y frijolitos, pero también entiendo a mis hijos que les pueden gustar las sopaipillas más que las arepas, o el pastel de choclo más que un buen tamal.
A todo esto hay que sumarle que en el lugar donde trabajo hay personas de muchos países y eso me encanta. Tengo colegas de Argentina, Chile, Brasil, Italia, Ecuador, Países Bajos, Panamá y Venezuela. Y por otra parte, en el proyecto en el que estoy tengo contacto con personas de 19 países de América Latina, España y Francia. Es realmente una maravilla, creo que es uno de los puntos que más amo de mi trabajo, poder tener relación con personas del mundo entero. Eso trato de transmitirlo a mis hijos, que aunque el mundo es enorme no es imposible de conquistar y que depende de ellos mismos qué tan grande o pequeño es el planeta tierra.
También es cada vez más común que las personas que uno conoce migren por diversos motivos. Creo que antes no era tan así, la gente viajaba por temas puntuales de educación o trabajo, pero en la mayoría de los casos teniendo en mente regresar. Ahora eso del retorno no es tan cierto, o bien por problemas migratorios o por calidad de vida.
Aunque la decisión de irse sea voluntaria o forzada, la huella en la familia quedará en las siguientes generaciones que construirán su identidad de una mezcla de condiciones que pueden ser enriquecedoras para muchos y dolorosas para otros.
Claramente si me preguntan de dónde soy digo que soy colombiana, caleña aunque viví más tiempo en Bogotá y mi acento es más rolo que otra cosa. Algo que no es tan claro para mis hijos, que si bien nacieron en Colombia, han vivido sus años de búsqueda identitaria en Chile. Al menor el otro día le preguntaron de dónde era y respondió que de Chile. Al rato le corregí diciéndole que cuando le pregunten puede decir que nació en Colombia, su madre es colombiana y ahora que vive en Chile, que también tiene la nacionalidad chilena y su padre es de aquí ¿pero eso para él identitariamente será más confuso? o simplemente es una explicación muy larga que en general a la gente puede no importarle. Aunque me duela si su respuesta es que es chileno es su respuesta. ¿Cómo se decide qué se recuerda y qué se olvida?
La migración está transformando literalmente al mundo entero, hablamos de ciudadanos del mundo y de nómadas digitales. Las fronteras cada vez son más difusas aunque cada tanto los países tratan de controlarlas y de “limpiar” sus territorios. Pero es algo que para mí es imparable, entre las crisis sociales, el cambio climático, la geopolítica, los fanatismos, la búsqueda de mejor vida o de una vida sin apegos a un lugar en específico, ya es imposible detener la diáspora de emigrantes a nivel mundial. Está en cada uno aceptarlo, aprovecharlo, aprender de esto o luchar contra algo más grande que el deseo de retornar o de emigrar.
Y a ustedes, ¿qué les parece lo que estamos viviendo con la migración? y si son migrantes, ¿qué tal ha sido su historia?
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